Nuevos avances en el diagnóstico y tratamiento de la insuficiencia cardiaca aguda

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mao-coraçao-foto” Por Sammis Reachers, Licencia CC BY

Según publica Acta Sanitaria en su edición de 1 de diciembre de 2014, las sociedades científicas españolas de Cardiología (SEC), de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES) y de Medicina Interna (SEMI), con la colaboración de Novartis y el soporte metodológico de GOC Networking han elaborado un documento de consenso experto basado en el método RAND/UCLA titulado “Consenso para la mejora de la atención integral de los pacientes con Insuficiencia Cardiaca Aguda” de próxima publicación.

De las 36 recomendaciones acordadas, los expertos han seleccionado las diez que han considerado de mayor relevancia. Son las siguientes:

  1. Se recomienda el uso de péptidos natriuréticos (BNP/Nt-proBNP) en pacientes con sospecha de ICA tras la evaluación inicial (Hª clínica, ECG y Rx de tórax),  especialmente si existe incertidumbre sobre su diagnóstico.
  2. La realización de una ecocardiografía de orientación en urgencias mejoraría el proceso diagnóstico y terapéutico. La realización de la ecocardiografía reglada y programada durante el ingreso del paciente es de gran valor en la confirmación diagnóstica, sindrómica y etiológica, a la vez que facilita la implementación del plan terapéutico más adecuado para el paciente con ICA.
  3. En la fibrilación auricular (FA) rápida debe reducirse la frecuencia cardiaca (FC). El tratamiento de la frecuencia cardiaca rápida -o ritmo ventricular- es mejorar la condición clínica del paciente con el tratamiento específico de la ICA dado que en la mayoría de los casos se trata de una respuesta adaptativa a la propia ICA.
  4. Asumiendo la variabilidad propia de cualquier modelo asistencial y la idiosincrasia multidisciplinar de la atención a los pacientes con ICA se recomienda protocolizar de forma local y participativa en cada hospital los criterios generales de abordaje, derivación y manejo asistencial que aporten la mejor calidad  en la atención y en la continuidad asistencial a estos pacientes.
  5. Los pacientes con inestabilidad clínica valorada por signos vitales tras el tratamiento inicial en los SUH en los que se mantiene una presión arterial sistólica < 85 mm Hg o  > 175 mm Hg, una frecuencia cardíaca > 130 latidos/min, y una saturación de O2 < al 90%, no son apropiados para la atención en UO y debieran ingresar según los casos en los distintos servicios hospitalarios.
  6. Se recomienda evaluar al menos diariamente la dosis de diurético en función de la respuesta y del estado de congestión del paciente, siempre teniendo en cuenta sus posibles efectos adversos.
  7. Al ingreso del paciente, se recomienda mantener el tratamiento de la ICC con IECA o ARAII, siempre que la situación de la función renal y la presión arterial lo permitan, ya que su uso reduce las complicaciones cardiovasculares y mejora el pronóstico.
  8. Se considera que existe un empeoramiento de la ICA cuando el paciente expresa un aumento de la disnea, persistencia o aumento de la congestión o de los signos de hipoperfusión o inestabilidad hemodinámica que requiere cambios y/o ajustes en el plan terapéutico.
  9. Todos los pacientes, previamente a su alta, deben recibir consejos sanitarios respecto a: su enfermedad: síntomas más comunes, peso (control y seguimiento), ingesta de líquidos (criterios generales), ejercicio (plan básico adaptado), consumo de sal (criterios generales), evitar tabaco y alcohol, actitud ante el aumento de peso y/o aumento de la presión arterial y síntomas de alarma para contactar con su médico o acudir a urgencias.
  10. Se recomienda la puesta en marcha de protocolos locales multidisciplinares en un marco estructurado y planificado mediante programas de IC integrados con atención primaria. Las unidades de IC multidisciplinares ayudan en la continuidad asistencial al alta del paciente.

Aplicando las medidas consensuadas, los expertos esperan reducir entre un 25% y un 50% la mortalidad, el reingreso y el gasto sanitario derivado de la insuficiencia cardiaca que es una enfermedad cuya prevalencia en España según el estudio PRICE está en torno al 6,8% de la población de más de 45 años; esto es, un reto asistencial de primera magnitud, tanto más cuanto se trata de una patología con un alto grado de morbimortalidad.

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